
Hace más de 1000 años se escribieron e iluminaron en Tábara - o por los monjes de su monasterio - algunos de los más bellos códices de la Edad Media. Fue allí donde, a mediados del siglo X, se produjo la gran mutación del estilo mozárabe gracias a un escriba y miniaurista, Magio de Tábara, un estilo donde se sincretizan influjos caroligios e islámicos sobre un fondo castizo, interpretado todo en clave originalísima: un gusto absolutamente anticlásico de la forma - que hoy nos resulta fascinantemente moderno -, un violento sentido expresionista del color, la ausencia de valores plásticos y la sustitución de la perspectiva por bandas monócromas muy puras sobre las que destacan las figuras, etc.
Estilo y gusto que para el pintor y tratadista del barroco español A.A. Palomino era "cosa tan indigna y abominable en el arte que no se puede mirar sin risa o sin desprecio" y que sólo nuestras retinas acostumbradas a las vanguardias artísticas del siglo XX son capaces de sentir cercanas y valorar en toda su modernidad. En cualquier caso, como ha señalado Nordenfalk, los manuscritos denominados Beatos representan la contribución más valiosa de España a la historia de la ilustración del libro medieval.
En uno de esos manuscritos salido de nuestro cenobio, que lleva incluso su nombre: Beato de Tábara, se ilustró la propia torre del monasterio y su scriptorium anejo, la más antigua y precisa imagen que se conserva de un scriptorium de la Alta Edad Media europea. Allí dos monjes se afanan en la fatigosa tarea de la escritura, precisamente los autores que concluyeron el códice: el escriba Senior y el miniaturista Emeterius que en su inexpresiva y convencional figura consagra el primer autorretrato del arte hispánico: el pintor en plena actividad creadora.
es probable que la "turre tabarense alta et lapidea" que mienta nuestro artista en el colofón del libro sea la del "Tabarense coenobium" dedicado a San Salvador y fundado por San Froilán, futuro obispo de León, a finales del siglo IX bajo el patrocinio del rey Alfonso III; y es más que razonable que la parte baja de la torre románica actual de Santa María, reaproveche parcialmente la fábrica mozárabe cuya identidad con la torre de Emeterius resulta, sin embargo, problemática.
El prestigio que aureola al monasterio de Tábara, como consecuencia de la actividad de scriptorium, no se corresponde con la documentación textual que de él se conserva, autenticamente misérrima. Tampoco su nombradía parece consentir con unos restos materiales tan inapreciables como confusos, resultado, entre otros avatares, de ciertos desafueros arqueológicos y negligencias de los restauradores de la iglesia, barrunto, sin embargo, de una riqueza impredecible, de mediar una excavación arqueológica, inexplicablemente sin llegar.
Las páginas que siguen tratan fundamentalmente del monasterio de San Salvador de Tábara y de las obras producidas en su scriptorium, secundariamente del muy próximo de San Miguel de Moreruela de Tábara, tan pródigo como aquel en hallazgos altomedievales, y de otras instalaciones aledañas de la primera repoblación monacal.
El grueso del texto versa, sin embargo, sobre la producción libraria y consta de dos partes, una genérica sobre el funcionamiento de un scriptorium y otra específica sobre el tabarense (y el fenómeno de los Beatos), estudio que, como es bien sabido, tiene su propia autonomía disciplinar y se instala en una tradición bibliográfica muchas veces ajena al discurso artístico y arqueológico, que en esta ocasión, por suerte, discurren por el mismo cauce.
El capítulo inicial aborda particularmente este último aspecto, un problema histórico y arqueológico de envergadura en el que se trata de enhebrar un caos de trizas y vestigios materiales y constructivos cuyo único orden procede del marco arquitectónico que les cobija. Unas veces tejen la memoria de los parámetros (sobre todo en Moreruela de Tábara), otras, sin control alguno, son el tortuoso resultado de hallazgos fortuitos (particularmente en Tábara). La suma, no obstante, de ambos convierten a estos centros en los yacimientos medievales más importantes de la provincia de Zamora, lo que hace más irritante todavía su mudez histórica y arqueológica.
Los mejores datos, no obstante, sobre el Tabarense coenobium proceden en buena medida de sus manuscritos. Así pues, la información de las miniaturas (torre del scriptorium), noticias suministradas por los colofones de los códices y la complicada elocuencia de los restos arqueológicos, son todo el engranaje con el que contamos para la elaboración de una síntesis por vez primera posible, aunque precaria, a expensas siempre de una excavación en regla que permita hilvanar un discurso más sólido.